La piel como reflejo de nuestro equilibrio interior

febrero 4, 2025

Aunque la protección de nuestra piel es fundamental durante todo el año, adquiere una relevancia especial en verano. Los días más largos, las altas temperaturas y la mayor exposición al sol hacen que el cuidado de este gran órgano –el más grande que tenemos– sea una prioridad. Sin embargo, es común olvidar que este cuidado no comienza solo con la aplicación de protector solar y cremas hidratantes, sino que también tiene raíces profundas en lo que comemos, en cómo tratamos a nuestro cuerpo y en el funcionamiento interno de nuestros órganos.

El verano, con su calor y buen clima, nos invita a disfrutar del aire libre, pero también nos expone a los efectos de los rayos UV. Esta exposición prolongada puede dañar nuestra piel, generando lo que se conoce como estrés oxidativo. Este fenómeno ocurre cuando hay un desequilibrio entre los radicales libres y los antioxidantes en nuestro cuerpo. Los radicales libres son átomos o moléculas altamente reactivas que, aunque en pequeñas cantidades cumplen funciones importantes como combatir infecciones y regular señales celulares, en exceso pueden dañar nuestras células, acelerar el envejecimiento y contribuir al desarrollo de enfermedades degenerativas. 

Los radicales libres son altamente reactivos, esto debido a su tendencia a robar un electrón de moléculas estables para lograr su propio equilibrio electroquímico. Cuando logran tomar este electrón, la molécula que lo cede se convierte en un nuevo radical libre al quedar con un electrón no emparejado, desencadenando una reacción en cadena que puede dañar nuestras células. “La vida media biológica del radical libre es de microsegundos, pero tiene la capacidad de reaccionar con todo lo que esté a su alrededor provocando un gran daño a moléculas, membranas celulares y tejidos”. Esto compromete la salud de nuestra piel y nuestro organismo entero. Es decir, el proceso oxidativo puede causar daño celular y contribuir al envejecimiento, así como al desarrollo de diversas enfermedades degenerativas como la aterosclerosis, cardiomiopatías, enfermedades neurológicas y cáncer. 

La producción de los radicales libres puede aumentar significativamente debido a factores como la contaminación ambiental, el estrés, el tabaquismo, el consumo de alcohol, los alimentos ultraprocesados y el uso de aceites vegetales hidrogenados, además de la ya mencionada radiación solar. Por ello, cuidar nuestra piel implica tanto protegerla desde afuera como nutrir y fortalecer nuestro organismo desde adentro.

El hígado: el gran purificador del cuerpo

Para la medicina tradicional Occidental, el hígado es un órgano esencial para mantener el equilibrio en nuestro cuerpo, especialmente en lo que respecta al manejo del estrés oxidativo y los radicales libres. Además de metabolizar nutrientes clave como grasas, carbohidratos y proteínas, el hígado funciona como un “filtro” altamente eficiente, encargado de eliminar sustancias tóxicas del organismo mediante enzimas especializadas. Sin embargo, este proceso no está exento de riesgos: durante la desintoxicación se generan moléculas llamadas especies reactivas de oxígeno (ROS), como el superóxido y el peróxido de hidrógeno, que en niveles elevados pueden dañar las células y los tejidos.

Cuando el hígado se ve comprometido por inflamaciones crónicas, como es el caso de personas con hígado graso o fibrosis, la producción de ROS aumenta significativamente. Las células inmunitarias liberan más especies reactivas como respuesta a la inflamación, agravando el estrés oxidativo. Además, un hígado sobrecargado –debido al consumo excesivo de alcohol, alimentos ultraprocesados, exposición a metales pesados y herbicidas o estrés prolongado– puede perder eficiencia en su función detoxificante. Cuando esto sucede, el cuerpo busca otras vías para eliminar toxinas, y la piel se convierte en uno de los órganos afectados.

No es casualidad que muchas enfermedades hepáticas tengan manifestaciones visibles en la piel. Por ejemplo, algunos estudios han sugerido una relación estrecha entre la acumulación de toxinas hepáticas y problemas cutáneos como el acné hormonal. Asimismo, un alto porcentaje de pacientes con psoriasis presenta algún grado de insuficiencia hepática o disfunción metabólica relacionada con el hígado. De esta manera, mejorar la salud del hígado puede traducirse en beneficios notables para la piel, ya que un hígado en buen estado optimiza la eliminación de toxinas y reduce los procesos inflamatorios. El resultado es una piel radiante: más limpia, luminosa y resistente.

Cuidar la piel desde adentro

Cuidar la salud del hígado es esencial para reducir el estrés oxidativo y proteger tanto la piel como el bienestar general del cuerpo. Una forma efectiva de apoyar su funcionamiento es a través de una dieta rica en antioxidantes. Estas sustancias neutralizan los radicales libres al liberar electrones, reduciendo su tendencia a robarlos de moléculas estables (Avello y Suwalsky, 2006). En definitiva, los antioxidantes reducen la acción dañina de los radicales libres. 

Una nutrición sana y reparadora para el hígado y la salud de tu piel incluye alimentos ricos en vitaminas C, capaces de estimular la producción de colágeno y fortalecen las defensas antioxidantes; y en vitamina E, que protege las membranas celulares del daño oxidativo, respectivamente. También, es recomendable consumir una dieta alta en betacarotenos y compuestos fenólicos, que contribuyen a la regeneración celular; y alimentos ricos en compuestos sulfurados, como el ajo, la cebolla y el brócoli, que estimulan la producción de glutatión, uno de los antioxidantes más importantes que produce nuestro organismo, fundamental para la detoxificación hepática. Es importante además incluir grasas saludables como las del aceite de oliva, el palta y el omega-3, que ayudan a controlar la inflamación y protegen el hígado. Por último, se recomienda también incluir una dieta alta en zinc y cobre, que ayudan a regenerar la piel y promueven la síntesis de colágeno en nuestros cuerpos. Si, además, agregamos germinados y fermentados de legumbres en nuestra alimentación, nuestro organismo mejorará la absorción de zinc. 

Por otro lado, es fundamental reducir la exposición a toxinas como el alcohol, el tabaco y los alimentos ultraprocesados, que suelen ser ricos en grasas trans, azúcares y aditivos perjudiciales para nuestro organismo. También es importante prestar atención a los contaminantes ambientales y a los químicos presentes en ciertos cosméticos y productos de limpieza, ya que estos pueden afectar tanto nuestra salud interna como la calidad de nuestra piel.

Desarrollar hábitos saludables es clave para mantener un equilibrio general. Esto incluye: practicar ejercicio regularmente, mantener una hidratación adecuada (con agua filtrada), dormir al menos 8 horas diarias y dedicar tiempo a técnicas de relajación como yoga o meditación, que ayudan a reducir el estrés. Además, actividades de autocuidado como incorporar adaptógenos en nuestras rutinas —para apoyar al cuerpo en su recuperación del estrés— y el consumo de plantas depurativas, que facilitan los procesos naturales de desintoxicación, son excelentes alternativas para integrar a nuestro día a día.

La piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo y, por lo mismo, nuestra primera barrera de protección frente a agentes externos, como la contaminación ambiental y el sol. A través de la piel sentimos el mundo que nos rodea, percibimos temperaturas, texturas y caricias, pero también descubrimos señales de lo que ocurre dentro de nuestros cuerpos. Cuando estamos en equilibrio, nutridos y en armonía por dentro, nuestra piel lo manifiesta con luminosidad y vitalidad. Cuidarla no solo implica protegerla del exterior, sino también escuchar lo que manifiesta sobre nuestro bienestar interior. 

Para nutrir tu piel desde adentro y potenciar su equilibrio natural, incorpora Radiante a tu rutina. Con una poderosa mezcla de antioxidantes, adaptógenos y superalimentos, este elixir apoya la regeneración celular y la salud hepática, reflejándose en una piel luminosa y vital.

Referentes:

Avello, Marcia, & Suwalsky, Mario. (2006). Radicales libres, antioxidantes naturales y mecanismos de protección. Atenea (Concepción), (494), 161-172. https://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622006000200010

Carrascosa, J. M., Bonanad, C. et al. (2017). “Psoriasis e hígado graso no alcohólico”. Actas Dermo-Sifiliográficas, 108(6):506-514. https://www.actasdermo.org/es-pdf-S0001731017300674

Conde de la Rosa, L., Moshage, H., & Nieto, N.. (2008). Estrés oxidativo hepatocitario y hepatopatía alcohólica. Revista Española de Enfermedades Digestivas, 100(3), 156-163. http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1130-01082008000300006&lng=es&tlng=es

Estrella, V, Nipotti, J, Orive, M, & Fernández Bussy, R. (2015). “La piel y sus nutrientes”. Revista argentina de dermatología, 96(2), 117-133. https://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1851-300X2015000200010&lng=es&tlng=es

Finkel., T. & Holbrook, N.J. 2000. “Oxidants, oxidative stress and the biology of ageing”, en Nature. 408, pp. 239-247. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC3184498/

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